#CoaliciónLee: “Toda buena obra” #3

Todos queremos ser alguien. Todos queremos pertenecer a algún lugar.

Esta es la razón por la que muchos de nosotros invertimos todo en nuestro trabajo. Cuando nos preguntan ¿quién eres? no sabemos cómo responder si no es con nuestro nombre y profesión. “Juan Pérez, soy médico”. Buscamos tener una posición respetable en la sociedad, y cuando perdemos nuestro empleo o nos vemos incapaces de ejercer, nuestra identidad se ve en crisis.

“O tomamos nuestro nombre —nuestra esencia, seguridad, valor y singularidad— de lo que Dios ha hecho por nosotros y en nosotros (Apoc. 2:17), o nos hacemos un nombre a través de lo que podemos hacer por nosotros mismos” (loc. 1528-1529).

Esta búsqueda de valor en el trabajo hace que muchas vocaciones sean menospreciadas. El trabajo en el hogar y los oficios, por ejemplo, son vistos como trabajos inferiores. Y, tristemente, muchas veces quienes los ejercen son vistos como personas inferiores.

Pero el evangelio cambia todo eso. El creyente encuentra su valor en Cristo y puede hacer sus labores —sean cuales sean— con gozo y por amor a Dios y al prójimo. No solo eso, el cristiano reconoce la importancia de los trabajos de quienes los rodean; vemos a nuestros vecinos y nos gozamos cuando reflejan la imagen de Dios al traer orden y desarrollar la creación.

Vive para servir

En el capítulo 7 de Toda buena obra, Keller utiliza la historia de la reina Ester para mostrarnos la importancia de servir a otros al utilizar la influencia que Dios nos ha dado. Ella arriesgó hasta su vida para interceder por su pueblo. ¿Qué podrías estar haciendo tú para amar y servir a tu prójimo en el lugar donde estás?

“Si ves lo que Cristo ha hecho por ti, perder el palacio perfecto por ti, entonces podrás comenzar a servir a Dios y a tu prójimo desde tu lugar en el palacio […], tú serás grande no al tratar de hacerte un nombre para ti mismo, sino al servir al que dijo a Su Padre: ‘Por tu causa, que se haga tu voluntad’” (loc. 1713-1718).

Nuestro orgullo hace que instintivamente atribuyamos todo éxito a nuestro trabajo duro; nos olvidamos de que, a final de cuentas, Dios nos ha puesto donde estamos. Y no lo hizo solo para nuestro propio beneficio.

“Cuando no creemos que Dios nos acepta por completo en Cristo, y buscamos otra manera de justificarnos o demostrar lo que valemos, cometemos idolatría” (loc. 1782-1783).

El pecado hace que el trabajo se vuelva egoísta, pero el evangelio expone nuestros ídolos y nos impulsa a utilizar a favor de los demás cualquier privilegio que tengamos.

La historia del evangelio —creación, caída y redención— inspira nuestras labores. Podemos esforzarnos sabiendo que nuestro trabajo no es en vano; nuestros esfuerzos, por insignificantes que parezcan, serán utilizados para la gloria de un Dios soberano. Contemplemos la belleza del mundo y, mientras trabajamos para desarrollarlo (incluso en medio de los cardos y espinas), sigamos reflejando la imagen de Aquel que renovará todas las cosas.

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